Porque anda que no hemos aprendido cosas delante de la pantalla. Dirán lo que quieran, pero hay cosas que jamás se me habrían pasado por la cabeza de no haber sido por la ayuda de la televisión. Y especialmente de las chorrocientas series que veo/he visto.
Una de ellas es lo fascinante que es la gente en lo que a ahorro y reciclaje y medioambiente se refiere. De un tiempo a esta parte, se ha hecho bastante habitual ver a los personajes de varias series (especialmente de la ABC) llevando bolsas de tela para hacer la compra. Pero no es lo único, por supuesto. A todo el mundo le preocupa muchísimo el ahorro de energía, etc, etc.
Y luego van y se dejan todas las luces de casa encendidas. Que a lo mejor es que en mi casa somos muy raros, pero anda que no me habré acordado yo veces de las casas de las series, donde siempre están las luces (de dentro y de fuera) de casa encendidas cuando los personajes llegan a su casa de noche. Especialmente cuando llegas a casa a las tantas y digamos que no en las mejores condiciones para acertar con la llave en la cerradura incluso cuando hay luz, no digamos ya totalmente a oscuras.
Y eso que la luz de la calle aún es más normal que esté encendida. Porque cuando entran y tienen todas las luces de absolutamente todas las habitaciones de la casa encendidas (eso sí, con una iluminación muy tenue, que es como más acogedor) es todavía más mejor.
Pero claro, más les vale que sea así. Porque como se encuentren las luces apagadas es que algo va a ir mal. En el peor de los casos hay alguien en la casa en ese mismo instante. Habitualmente, de todos modos, es que alguien se ha estado dando un paseo por ahí y trasteando entre tus cosas.
Vamos, que la lección que nos llevamos es que, como no haya luces encendidas, mejor que avises a alguien para que entre en la casa contigo. Vaya a ser.
Por supuesto que no es lo único que hemos aprendido. Gracias a la televisión ahora sé que si no tengo algún trauma infantil, o daddy issues del tipo que sean, no soy nadie. ¿A quién voy a echar la culpa si no cuando meto la pata? ¿A mí misma? No, no, no, que para eso se crearon los padres.
Ya sea porque jamás te dijeron que te querían, o porque se olvidaran miserablemente de ti cada vez que tenían que ir a recogerte al colegio, la culpa la tienen ellos. No importa que se disculparan mil veces y te intentaran comprar a base de regalos después de llegar media hora tarde a recogerte, claro (mi señora madre lo que hacía cuando llegaba tarde era decirme que si no estaba contenta, que la próxima vez me fuera andando, que ella no era taxista).
En Life Unexpected, el padre de Baze debía de tener la culpa hasta de la caída de Roma
O porque te metieran demasiada presión y querían que fueras el más mejor en todo. Claro que de eso los pobres no tienen la culpa, porque ahí también la televisión les ha enseñado algo a ellos. Y es que, por difícil que parezca, todo el mundo puede entrar en (al menos) una universidad de la Ivy League. Y pedir menos es de cobardes. Porque además todos tus primos, tíos, hermanos y hasta la prima tonta de tu padre han ido a Harvard.
Es por eso que todos los niños (y adolescentes varios) van al colegio cada mañana con muchas más prisas que sus padres al trabajo. En mi casa justo pasaba (y por lo que sé, pasa, aunque ahora mis hermanos y yo tengamos horarios distintos) justo al contrario, que mi madre prácticamente nos tenía que acelerar a collejas para no llegar ella tarde a trabajar. Da igual que luego sean el típico crío que no toca un libro y se fuma las clases como si no hubiera un mañana, que saldrá corriendo de casa y con la tostada en la mano. Tostada que, por cierto, acaba de coger casi obligado por su preocupadísima madre del buffet que le ha montado en el comedor. Algo normal y corriente que pasa en todas las casas, por supuesto.
Bien pensado, es que los adolescentes son los adultos del mundo de las series, claro está. Y quizá entonces sí que tiene más sentido eso de que sean los que van con prisas por las mañanas.
O a lo mejor es que, con eso de que yo crecí con Buffy, debe de haberse quedado grabado a fuego en mi mente eso de que los adultos no sirven para nada. Si acaso para estorbar, pero ya está.
Unas crías de 16 años (por cierto, qué grande es Bianca Lawson, que debe tener una de esas frases en su curriculum de "más de una década de experiencia en interpretar a quinceañeras") serán capaces de salvar al mundo con solo la ayuda de sus compañeros de clase (y quizá la de algún mentor, pero sin pasarnos), pero cuidadito con que se cruce algún adulto de por medio, que seguro que solo estorba.
Lo que no es difícil de entender muchas veces. Es decir, todo el mundo sabe que el ciclo de vida funciona tal que así: uno nace, crece, se vuelve adolescente insoportable pero que sabe más que sus padres, va a una universidad importante, puede que se vuelva temporalmente médico o abogado (simplemente por ocupar un espacio en su vida mientras encuentra cierta estabilidad sentimental. Además, eso de operar a la gente pintada como una puerta debe molar un puñao y medio, y es una de esas experiencias que todo el mundo debería tener. Por no decir que, qué leches, a ver dónde vas a acabar tú de aprender sin tu caso de la semana que casualmente se parece mucho a tu vida y tiene moraleja), casarse y tener bebés. Muchos bebés. O al menos intentarlo. Porque todo el mundo sabe que toda chica que se precie se queda embarazada a los 16, pero es intentar tener un hijo y no hay manera.
Todo esto suele suceder en una realidad temporal muy extraña. Porque parece igual a la nuestra, pero es totalmente diferente, sí, sí, sí. No es solo que sea de noche y de repente sea de día, pero de repente sea la noche anterior. No, va mucho más allá de eso, y si no, que se lo pregunten a Shondita y a las gentes del Seattle Grace. Porque todo el mundo sabe que, por mucho que Acción de Gracias y Navidad coincidan con las nuestras, entre medio lo mismo han pasado tres años que dos semanas.
Pero es que los mundos televisivos son muy extraños. Son mundos en los que los críos de quince años desaparecen de casa durante meses y a nadie le extraña (lo de Eric en Gossip Girl suele tener bastante gracia, por mucho que a veces les dé por poner excusas). Son mundos donde hay que tener cuidado con los autobuses, los ascensores (el del bufete de Ally McBeal tenía especial peligro) y hasta los aparcamientos, porque sabes cuando entras, pero es posible que no vuelvas a salir jamás.
El aparcamiento del Seattle Grace tiene sus propios métodos para deshacerse de los médicos que no le caen bien. A él o a los guionistas, vaya usted a saber. Porque a mí ese aparcamiento lleva un tiempo dándome bastante mal rollo.
Son mundos en los que nadie cierra la puerta de casa con llave, por mucho que en cinco años haya habido sesenta asesinos en el barrio. Tampoco las del coche (y yo que he visto robar un Fiesta que se caía a cachos... Como para ponerles las cosas fáciles encima), a no ser que quepa la posibilidad de que luego tengas que salir corriendo perseguido por un asesino o algo parecido, en cuyo caso no solo cerrarás bien el coche, sino que te asegurarás de perder las llaves o que se te caigan en algún sitio imposible.
Son sitios donde pueden pasar cinco años, que no habrá habido ni un solo avance tecnológico, por pequeñito que sea, ni Apple habrá sacado cualquier titada nueva (y si no, que se lo digan a las Desesperadas), sitios donde todo el mundo puede tener al menos cuatro empleos, varias aficiones de esas roba-tiempo y encima tener vida social.
Son, en definitiva, unos mundos que nos han regalado un conocimiento de la realidad con el que jamás habríamos soñado. Porque a ver quién me iba a decir si no a mí todo esto.
¡Saludos!
PD: Esta semana no le dedico entrada a True Blood, aunque su final fue genialérrimo, y mejor lo arrejunto con el capi de la semana que viene.