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11 mar 2008
Letras Cruzadas XII: Charlie
Y aún así, he estado escribiendo bastante. Nada de Letras Cruzadas, eso sí, que solo me queda uno más (y veré si lo cambió, porque ese sí que está para echarse a llorar u.u'), porque he estado liada con otras cosas. Ahora, sin certámenes, ni Retos (bueno, supongo que Reto ya mismo, pero es distinto XD), ni nada parecido a la vista, supongo que me pondré un poco las pilas.
En fin... Aquí dejo la... cosa...
Movía un pie. Después el otro. Quince pasos al frente. Tres más a la derecha. Y ahí estaba la puerta del comedor, abierta, como siempre. No le hacía falta ver para saber que no encontraría obstáculos en su camino. Era una regla de la casa que todos aceptaban al entrar: nada de objetos en el suelo; ninguna cosa cambiada de sitio.
Así, Charlie podía saber dónde estaba todo. Podía saber si la radio estaba a la derecha o a la izquierda. Estaba orgulloso. Tenía cuatro años y ya sabía cuál era la derecha. Sus primos aún no sabían distinguirla de la izquierda. ¿Cómo se las apañarían? La derecha era la mano de la pulsera, recordó. Solamente habían cambiado de nombre, pero seguían siendo las mismas. Solo que ahora llevaban los nombres que les daban los mayores.
Desde la entrada del comedor, escuchaba la voz de su madre en el teléfono. Siempre hablaba a aquella hora. Vendía cosas por teléfono. Se lo había dicho su tía Lily, y a él le parecía una profesión fascinante. Él también lo haría cuando fuese mayor. Era fácil y divertido, y seguro que a él se le daba estupendamente. «Tenemos en varios colores». Silencio. «Azul, verde, rojo… Como usted quiera». Silencio. «No se preocupe». Silencio. «De acuerdo, entonces. Pase usted un buen día». Suspiro. Un sorbito al vaso que había sobre la mesa, casi (pero solo casi) silencioso. Y entonces volvía a marcar.
Él lo haría, sí. Vendería cosas azules, y verdes, y rojas. Cuando lo decía, sus primos se reían. Decían que él no podría distinguirlas, que se haría un lío. ¿Cómo iba a vender algo que no sabía lo que era? No sabían nada. Pobres tontitos. Su madre le había dicho que la planta de la ventana era verde. La había tocado. La había escuchado. La había olido. El verde era humedad. Era un silencio que olía a lluvia. Le gustaban las cosas verdes. Vendería muchas de esas. Eran muy bonitas.
El rojo era distinto. Una vez, cuando su madre aún tenía que salir todos los días a vender cosas azules, y verdes, y rojas, se quedó solo con la tía Lily. Estaban escuchando la radio. Bomba. Loco. Catástrofe. Había escuchado aquellas palabras antes, pero en su cabecita formaban una nube sin sentido en la que se reunían con otras mil palabras. Oía a la tía Lily mordiéndose las uñas, nerviosa. Entonces sonó el teléfono y su tía lo cogió corriendo. Un suspiro. «Menos mal, ya pensaba que dejabas aquí a tu pequeño cieguito». Después, la tía Lily se había quedado más tranquila, pero siguieron escuchando la radio hasta muy tarde. El locutor tenía que hacerse oir entre los gritos y lloros de la gente. Muchos heridos, decía. La tía Lily había subido el volumen, como si se tratase de una de esas radionovelas que tanto le gustaban. Decían que un señor, al parecer con un jersey rojo, había hecho daño a muchos otros señores. Desde entonces, el color rojo se había convertido en gritos y lloros. Había sido dolor y la tía Lily mordiéndose las uñas. El color rojo era feo, hacía daño; sonaba peligroso y daba miedo. ¿Por qué vendía su madre cosas rojas?
Las cosas azules, en cambio, le gustaban, aunque menos que las verdes. Un invierno, su madre lo había llevado al mar. Habían ido los dos solos, él en los brazos de ella. Se habían quedado de pie junto a la orilla. Hacía frío, y las gotitas de agua les salpicaban traviesas en la cara. Su madre le había dicho que en invierno, cuando hacía frío, el mar se enfadaba y escupía a los que se paraban a su lado. Pero era bueno, decía. Solo que a veces era un poco gruñón. Era bonito. Y olía a sal. Por eso, las cosas azules eran saladas y frías, y sonaban a olas lejanas. A su madre le gustaba. Vendería cosas azules a todas las madres del mundo. Las cosas verdes eran para los niños como él, pero el azul era para su madre.
Escuchó el sonido de un teléfono que se colgaba. Dio un paso a la izquierda y ocho al frente. Abrió un armario. Sacó un bote. Estaba lleno. Pesaba. Siempre estaba lleno, pero no importaba. Lo abrió y lo vació ahí mismo. Se lo puso en el oído. Sonaba a mar.
Se lo escondió debajo del jersey y corrió de nuevo a donde estaba su madre.
Amanda se volvió al oírle.
—¿Qué quieres, cielo?
—Tengo un regalo para ti.
Sacó el bote y se lo dio a su madre. Amanda lo cogió en silencio, sorprendida. ¿Cómo lo había encontrado esta vez? Cada día guardaba el bote en un sitio diferente. Cada día lo sacaba a la hora de la comida y lo volvía a guardar. Y cada día, Charlie se lo traía con esa sonrisa tan suya.
—¿Y por qué me lo regalas?
—Te gustan las cosas azules.
Amanda sonrió. Dejó con suavidad el botecito en la mesa y cogió a su hijo en brazos.
Desde la mesa del teléfono, el bote, rojo como la sangre, la miraba con complicidad.
¡Saludos!
7 feb 2008
Letras Cruzadas XI: Alec
Tengo otro escrito, a ver si lo paso pronto y lo subo. Después, me tendré que poner las pilas y seguir escribiendo algún otro, que tengo ideas, pero no tiempo. Y antes va el del certamen del colegio, que estoy viendo que se me va a pasar el plazo... Y ni siquiera tengo una idea medianamente definida u.u'...
En fin, el relato...
Despertó y abrió los ojos. Todo seguía del mismo color que antes, cuando aún los tenía cerrados. Y eso dolía.
Cada día, durante apenas unos segundos, olvidaba todo y daba por hecho que, al abrirlos, las cosas estarían ahí, con cada uno de sus muchos colores, esperándolo. Y cada día, al abrirlos, le entraban ganas de gritar y patalear como un niño pequeño.
No había cosas.
No había colores.
Tan solo la completa oscuridad lo esperaba junto a su cama. Decepción y rabia. Bonitos sentimientos para empezar el día. Y mañana sería igual.
Bueno, no era justo con el mundo. Las cosas estaban ahí, con cada uno de sus muchos colores, tranquilas, pacientes. Era él la pieza que fallaba en el proceso, el tornillo suelto que mandaba al traste todo lo que los demás hacían. Lo sabía él. Lo sabían las cosas.
Lo sabían los vecinos que escuchaban sus juramentos a través de paredes más finas que el papel.
Eran sus ojos. Sus malditos ojos inútiles, o lo que antes habían sido sus ojos, destellos azules que se habían apagado por culpa de un golpe de luz. La luz apagaba a la luz. Y entonces la oscuridad lo envolvía todo y ninguna lámpara era suficiente para arrancar las sombras de la realidad. Ninguna.
Inútiles. Completamente inútiles.
Siempre había dependido de aquello que veía. Sus sueños e ilusiones. Sus realidades. Todo era un mundo iluminado, conocido, perfecto. Ahora ya no. Su realidad, aquella nítida perfección, había desaparecido en una maldita explosión de luz y sonido. Genial, sonaba a anuncio de televisores. Odiaba los televisores.
Luz y sonido.
Era aquello lo que lo había convertido en una víctima, en otra más. Había sido uno de los nombres de personas anónimas que se habían juntado en el desastre aquella noche de noviembre, cuando la ciudad entera se dio cuenta de que un edificio no era solo ladrillo y cemento, una idea muerta. Un edificio eran personas. Eran ojos. Ojos que brillaban y veían… y que ahora ya no lo hacían. Eran idealistas que, ocultos tras esos brillantes ojos en sombras, soñaban con compartir su vida con la chica de la bolsa amarilla que apenas conocían.
Había muerto, o eso creían, la chica de la bolsa amarilla. La chica que subía cuando ellos bajaban. Al menos, la famosa bolsa amarilla había aparecido casi intacta junto a unos restos irreconocibles. Bajo el maldito reloj hecho pedazos. O eso le decían. Él no lo había visto. Nora, se llamaba. Lo sabía ahora, cuando su imagen etérea era lo único que llenaba su eterna oscuridad.
¿Cuánto odio podía guardar una persona en su interior para arrebatar de golpe tantas ilusiones? ¿Cuánta locura? ¿Cuántos gritos en silencio?
Curiosamente, la imagen de aquel loco había desaparecido de sus recuerdos. Recordaba haberlo visto, quieto y tranquilo, casi majestuoso, cerca de la puerta. Mientras ellos bajaban; mientras ella subía. Pero era solo el recuerdo de una sombra cubierta por la luz de una silueta de sobra conocida. Maldito desgraciado. El muy cabrón estaba al menos bien muerto, sin tener que soportar aquella mezcla de quemaduras visibles e invisibles de aquel día de noviembre. Lo odiaba. Lo envidiaba.
Pero no servía de nada seguir quejándose, viviendo en un pasado de color. Sus ojos no despertarían de nuevo al oír sus gritos. Lo sabía. Lo aceptaba.
A veces simplemente era necesario volver a dar unos pasos en el mundo invisible. Continuar.
Se levantó.
Otro nuevo día. Otro día menos.
¡Saludos!
12 dic 2007
Letras cruzadas X: Nora
Llegaba tarde, como el día anterior. Llegaba tarde, igual que cada día. Tenía que cambiar aquella maldita costumbre antes de perder también aquel empleo. Lo sabía. Tenía que hacerlo. Se lo repetía cada día antes de irse a dormir, pero al parecer la almohada se alimentaba con aquellas buenas intenciones. Al despertarse nunca estaban ahí. Pero no importaba. Cada día, cuando el sol empezaba a aparecer al otro lado de la ciudad, repetía aquello. Se prometía a sí misma que al día siguiente se levantaría antes. Juraba ante todos sus pequeños dioses que organizaría su tiempo y haría todo rápidamente. Sí, al día siguiente sería la primera en llegar al edificio gris.
Pero costaba dejar atrás las viejas costumbres. Además, bien pensado, qué más daba. No era aquel precisamente el trabajo de su vida, sino más bien una solución temporal al problema de cómo llegar a fin de mes. Y ni siquiera era la mejor de ellas. Lo sabía bien, pues su vida entera era una simple solución temporal. Se alimentaba de soluciones temporales, vestía con soluciones temporales y recorría la ciudad en otra solución temporal. Y no era solo su mundo, sino también ella misma. No creía que fuese mucho más que un remiendo provisional para nadie. ¿Qué más daba entonces? Una solución temporal podía estar compuesta por un millón de pequeñas soluciones temporales. Era lo suyo, ¿no?
Las ocho. El reloj de la desgastada fachada no dejaba de mirarla, acusándola con sus manecillas. Quería gritarle que la dejase en paz. Quería lanzarle mil piedras hasta verlo caer en pedazos. Aún así, aceleró el paso. A pesar de todo, no convenía llegar demasiado tarde. El reloj mandaba.
A veces era difícil subir aquellos escalones mirando al suelo. Pero era aún más difícil continuar con la mirada alta al llegar a la mitad. El reloj la miraba. Quienes pasaban a su lado la miraban sin verla; pasaban junto a ella como si fuese una estatua. Y se sentía pequeña, demasiado para aquel mundo, para aquel edificio. Se rendía y miraba hacia abajo. Siempre ocurría igual. Día tras día; hora tras hora, temía que la pisaran.
Estaba fuera de lugar. Lo sentía. Todos lo sabían. Ellos, con sus maletines y su olor a humo de tabaco. Ellos, que miraban al frente, hacia más allá de los tejados que recortaban el cielo de aquella ciudad, sin ver nada. Si ella les contase todo lo que se podía ver en el azul oscuro de una noche fría, no la creerían. Ella, con su vieja bolsa de tela amarilla y olor a champú de oferta, quería mirar hacia arriba, ver todo lo que ellos despreciaban por falta de tiempo. Pero no podía. Tenía que mirar al suelo para no sentir el frío y el miedo. Suspiró. Empezaba ahora su turno. El de ellos terminaba. Ella entraba. Ellos salían. Y, en cambio, no eran capaces de ver lo que había fuera.
Se preguntaba a veces, cuando volvía a casa al amanecer, cómo sería convertirse en una de ellos; cómo se sentiría al cambiar sus colores por su rutina. ¿Sentiría? ¿Tendría tiempo acaso para hacerlo? ¿Le quedaría ánimo? Era una tontería, se lo habían dicho. Todos ellos estaban vivos; no eran simples sombras en la pared. Quedaba siempre la persona detrás de los ojos apagados, cansados. Lo sabía. No eran solo máscaras de humo.
Acabó de cruzar la puerta, y de nuevo se sintió aplastada por la marea que salía. Pero ahora ya estaba dentro. Un paso. Dos. Tres. Hora de volver a la rutina. Hora de dejar atrás sus colores por unas horas. Tan solo unas horas para volver al mundo.
Y de pronto, sin ningún aviso, un ruido ensordecedor lo envolvió todo. Luz. Oscuridad. Sintió dolor. No lo sintió. Se observó volando por los aires a cámara lenta. Gritos silenciosos cubiertos por molestos pitidos. Silencio. Silencio. Silencio.
El reloj cayó, roto en mil pedazos. Caos. Y ella, en silencio, lo observaba todo desde arriba. Lo miraba todo desde abajo.
PD2: Ale, ya mismo acaban los exámenes (¿qué? estoy siendo positiva xD.
¡Saludos!
26 nov 2007
Letras cruzadas IX: Russel
Empezaba a oscurecer, como siempre a aquella hora, más o menos. La gente se movía como grupos de hormiguitas atareadas entre el humo de los coches. Era un buen día. El frío se le quedaba pegado a los huesos, pero daba igual; nadie podría quitarle esa sonrisa de satisfacción anticipada de los labios. No, nadie lo haría. Llevaba meses preparándolo; años esperándolo. Ahora todo se desvanecería para dejar paso a la culminación de todo aquello; al único fin posible; al único válido, después de todo. Sería un paso. Después le seguiría otro. Y finalmente, una explosión. Luz. Oscuridad. Silencio. Y el mundo habría cambiado. Él no estaría allí para verlo, pero estaba seguro de que quienes abriesen los ojos al día siguiente, lo harían a un mundo nuevo.
Era él el que finalmente se había atrevido a conseguir el cambio que todos pedían entre gritos de desesperación. Él. El que había dado un paso al frente, seguro, sin dudarlo un instante, mientras los demás lo miraban con una mezcla de admiración y envidia. Lo sentía. Lo sabía. Él, que en su vida había reunido tan pocas miradas de respeto que podía contarlas con los dedos de una sola mano. Ahora todos sabrían que el chico del gueto se había convertido en alguien. Lo sabrían y se morderían los labios en un gesto de vergüenza, de remordimientos contenidos. Sabrían que en su comprensión, se había transformado en el salvador de aquellos que lo habían repudiado.
Porque él creía en la posibilidad de un mañana distinto. Aunque no fuese su mañana.
Había llegado el momento. Ya estaba a las puertas de aquel maldito edificio en el que unos incompetentes tiraban a la basura los segundos de aquellas hormiguitas atareadas. Había llegado el momento. Había llegado la hora.
Miró al frente, sin parpadear. Ahora empezaba a estar nervioso. Sentía el peso de un acontecimiento futuro presionándole el pecho. Sentía la fuerza de una mano que tiraba de él hacia el pasado. El suelo se abría, tratando de atarlo al presente. Querían que se echase atrás. Trataban de asustarlo. No lo conseguirían. No, no serían unos simples nervios los que le hiciesen fracasar.
Fue entonces, justo cuando trataba de ascender, de superar el miedo, cuando lo vio a lo lejos. Sus ojos se cruzaron en una mirada de comprensión, como tantas veces antes. Finalmente, fue Russel el que por una vez bajó la mirada, contestando con una negativa a aquella petición silenciosa. Aquellos ojos lo habían seguido hasta el final, confiando a ciegas en él. Aquellos ojos lo habían convertido en alguien; le habían dado fuerzas. Y ahora se despedían de él con una mezcla de admiración y respeto.
Asintió. Gracias, decía. Gracias por todo. Gracias por estar. Gracias por venir a despedirte. Gracias por darme fuerzas una vez más. Una última mirada. Un último asentimiento. Un último signo de respeto mutuo. Y la mirada se fue también, aceptando una decisión conocida desde antes. Hasta siempre.
Un segundo. Otro. El reloj marcaba el paso de los segundos, lentamente, pesando delicadamente cada instante. Muchos bajaban con prisas los escalones grises. Los menos, los subían, rápidamente, pensando o sin pensar. Un paso. Luego otro. También él tenía que dar su paso. Era la hora. La hora.
Una explosión. Luz. Oscuridad. Silencio.
PD: ¿Por qué nadie sabe quién es Seth Green? Al final voy a tener que hacer una entrada con algún vídeo del muchacho... porque nadie... nadie sabe quién es T___T.
¡Saludos!
16 nov 2007
Letras cruzadas VIII: Adam
Quería luchar otra vez. Necesitaba recuperar el sentimiento que perdiera años atrás, cuando el mundo aún era diferente. Era curioso ver cómo ahora esa necesidad volvía a él, cuando todo parecía un lejano y confuso sueño de juventud. Entonces todo era distinto. Él era diferente, y su mundo, por tanto, también lo era. Se había preguntado dónde había quedado todo aquello, no de forma obsesiva, sino más bien como quien recuerda una anécdota curiosa pero sin demasiada importancia, durante el tiempo que duró su nueva existencia. Ahora, sin embargo, cuando sus días se iban acercando a su fin, ese pensamiento se había ido adueñando de él poco a poco, ocupándole sin avisar, instalándose en cada pequeño recodo de su mente cansada.
Cada instante que pasaba en aquella habitación de hospital era una letra en el conjunto de su memoria. Cada día, un momento se volvía a escribir junto a su almohada, adornado esta vez por el poder del tiempo, que hace hermosos los malos recuerdos. A veces se sentía culpable por haber sido capaz de dejar de lado todo aquello, por olvidar, sin querer olvidar del todo, aquello que una vez fue su vida. Pero, como decía un viejo poema de su perdida juventud, no olvida aquel que sin querer pierde el recuerdo. No era momento para sentirse culpable. No tenía por qué sentirse culpable, si era sincero. Había tenido sus razones para cambiar de lugar, para retirarse del juego. Y, si no mentía, agradecía el tener tantas manos a las que agarrarse ahora, cuando veía el final tan cerca.
De todos modos, su memoria era hábil jugadora del juego del engaño, del volver atrás. Quería obligarse a recordar, y preguntarse qué había sido de todo aquello. Habían sido buenos momentos. Muy buenos, de hecho. Mejores de los que cualquiera hubiera imaginado. Y tenía un estupendo público al que contarle sus pequeñas historias. Un público que asentía en silencio, que se creía invisible en las sombras. Un público que no era capaz de ver su propio brillo.
Él mismo había sido incapaz de verse brillar. Había admirado sin esperar ser mirado mientras se escondía detrás de la sombra del gigante. Entonces, el gigante se había dado la vuelta para subirlo a sus hombros, para que viera mejor, había dicho. Para ser visto, había pensado. Echaba de menos a aquel gigante. Bueno o malo, le había enseñado a brillar por sí mismo, y eso era bastante más que lo que otros habían hecho.
Una vez juró que lo seguiría a donde hiciese falta… En cierto modo lo hizo, a decir verdad. Lucho. Ganó. Perdió. Vio sangre y escuchó gritos. Sonrío. Creó memorias. Entonces fue cuando todo acabó, cuando vio el final acercarse y mantenerlo siempre a dos pasos, impotente. Aquella vez se acercó en forma de locura disfrazada de llama. Aquella vez consumió al gigante, siempre seguro, mientras él alargaba la mano en un gesto de asentimiento que contrastaba con su vista vuelta hacia atrás, lejos del brillo, ocultando unos ojos que lloraban. No había dicho adiós. Para él, el gigante solo se había escondido, y estaba seguro de que algún día volvería.
Lo cierto era que no había vuelto, y que jamás lo haría. Él se había marchado. Había empezado de cero, dejando un pequeño rincón en las sombras a sus recuerdos pasados, esperando volver a ellos más adelante. Pero su vida había continuado. Durante días. Durante meses. Durante años que se transformaron en décadas.
Y ahora, cuando por fin el final se le acercaba, alargándole una mano silenciosa y pálida, se paraba a pensar en lo que fue. ¿Y si el gigante nunca se había marchado? ¿Y si solo fue él el que prefirió dejarlo atrás al darse la vuelta?
PD: Ando releyendo a Larra. ¡Qué grande era este hombre!
¡Saludos!
8 nov 2007
Letras cruzadas VII: Dylan
El día que empezó a trabajar en el hospital, le dijeron que vería momentos sorprendentes; que sería testigo de momentos alegres o tristes, pero sobre todo reales, que no habría sido capaz de imaginar antes. Se habían quedado cortos, o tal vez simplemente no les había entendido bien, pronto se dio cuenta.
Cada día veía una historia diferente, o tal vez la misma con un color algo distinto. Veía decenas de historias, una misma multiplicada y retorcida, cambiada… vista cada vez a través de un cristal diferente. Cada persona era alguien, era un pequeño personaje en algo grande… en algo pequeño. Detrás de cada rostro, y en cada mirada, podía ver el reflejo de una historia que lo absorbía y empujaba hacia sí mismo mientras se sentía caer hacia fuera.
Desde aquel día en el que se había metido por primera vez en su papel de enfermero, aquellas pequeñas tragicomedias (porque eso es lo que eran, ya que no todo en ellas era trágico, como aquellos que tienen miedo suelen imaginar) se habían convertido en sus compañeras de rutina. Se habían convertido en el ronroneo de esa mascota que lo animaba al empezar el día. Estaban ahí, siendo algo y no siendo nada al mismo tiempo. Estaban ahí, detrás de una cortina, dejando que sus sombras le diesen sentido a sus pasos. Se habían convertido en su vida, pues lo habían absorbido y ahora él mismo existía como observador de todas ellas. Eso era. Observaba. Eso era lo que hacía. Dylan el observador. Ahora lo era más que nunca. Observaba a los protagonistas de esas historias, al cruzarse con ellos en los pasillos, al dedicarles una mirada de ánimo o querer compartir una alegría con ellos. A veces, cuando tenía suerte, le miraban directamente, tal vez solo un instante, y toda una historia fluía hacia él, nítida y completa, a través de un río de luces recogido en pupilas oscuras.
Él nunca había sido una persona extraordinaria. Se había criado como un niño corriente que creció en un barrio corriente. Se había convertido después en un joven tan normal que lograba pasar desapercibido en un mundo que poco a poco lo iba superando. Era él una de esas personas que al acabar el día nunca tenían demasiado que decir; las conversaciones forzadas habían sido sus grandes compañeras durante años, y como buen acompañante, se había ido acostumbrando a ellas.
No, él no era como aquellas personas que ahora veía a diario, sin necesidad de abrir un libro o apretar un botón. Disfrutaba sumergiéndose en sus historias, en su día a día. Pero no era como ellos. Nunca lo sería, pero eso era algo que ya había aceptado. Y sin embargo, eran ellas las que le daban algún sentido a su continuo deambular. Le daban esperanza. Le daban razones. Le enseñaban a soñar de nuevo.
Por ejemplo, aquella chica que llevaba años visitando la misma habitación. Jamás había visto desaparecer esa luz de su mirada, ese pequeño destello que le hablaba con complicidad, que le decía que la desesperanza no tenía lugar en un corazón tan completo. Solo había que esperar, tal vez un día, tal vez más. Pero llegaría el momento en que todo volvería a su lugar, si es que alguna vez lo tuvo. Lo sabía ella, y ahora lo sabía también él.
O aquel anciano de ojos casi velados que disfrutaba contando historias de su juventud a todo aquel que se parase a escuchar. Era extraño ver cómo un anciano encogido era capaz de crecer, de recuperar la juventud y volar de nuevo, con la fuerza que le daban esas palabras temblorosas. Muchos lo miraban con hilos de lástima entrelazados con los de la supuesta razón de los irracionales. Estaban ciegos, porque no veían. Sonaba estúpido, pero a Dylan le había costado darse cuenta.
No, el joven enfermero no era como ellos. Nunca lo había sido, y estaba seguro de que nunca lo sería. ¿Qué historia podían contar sus tímidas sonrisas? ¿Qué pequeño cuento encontraba su morada en el corazón de un chico como él? Antes, aquello lo había desanimado. Ahora, las cosas eran diferentes. Tal vez no pudiese tener su pequeño cuento, su relato de final desconocido… Pero ya no le importaba. Ahora era el solitario espectador de otras mil historias, y eso era suficiente.
PD: ¡Valle-Inclán!
¡Saludos!
21 oct 2007
Letras cruzadas VI: Sara
En fin, que aquí os lo dejo.
Había comprado aquel retrato porque había algo en él que le recordaba a Marc. No era lo que el dibujo mostraba, sino lo que ocultaba. Se había dado cuenta enseguida. Había tantos detalles, tantos sentimientos escondidos entre aquellos trazos…
Además, apenas le había costado unas pocas monedas, ¿y que eran ellas sino un simple trozo de metal? El dependiente le había dicho que no tenía ningún valor, que solo era un trozo de papel que había permanecido escondido durante algunos siglos , pero no tantos como para ser importante. Un simple retrato como otros muchos. Menos valioso que cualquiera de ellos, seguramente. ¿Qué le importaba a aquel hombre deshacerse de él?
Pero ella quería saber más de aquel muchacho. Y lo supo. Todo el mundo lo sabía, pues era una triste leyenda local. Un joven científico… un matemático, tal vez. Eso no importaba. Inteligente como pocos se habían visto en aquella ciudad olvidada por todos. Una joven promesa que se quedó en nada, demasiado loco, demasiado perdido para encontrar el camino de vuelta desde aquel lugar al que se había marchado sin cambiar de sitio. Una leyenda sin nombre pintada por alguien anónimo. Eso era todo.
Pero Sara se había enamorado de aquel simple trozo de papel. Veía en él lo que sus ojos tantas veces habían visto al mirar a Marc, lo que seguían viendo incluso ahora, cuando todos parecían haber preferido olvidarse de él. Quien hubiese pintado aquello no era alguien cualquiera, no era alguien anónimo. Quien hubiese pintado aquello era, sin duda, quien mejor conocía a aquella joven promesa. Había conocido a alguien demasiado bien. Eso lo hacía ser alguien, no cabía duda. Era bonito pensar en ello. Pero también era triste, de algún modo.
Volvería al hospital. Se estaba haciendo tarde y aún no se había despedido de él. Tenía que cumplir con su pequeño ritual diario, con su pequeña rutina.
Caminaba deprisa, no quería perder el tiempo. No quería que le volviesen a cerrar la puerta en las narices, como ya habían hecho otras veces.
Pero llegó. Últimamente siempre llegaba, costase lo que costase. Lo encontró como lo había dejado, en la misma postura que aquella mañana, rodeado de aparatos que ella no comprendía.
Algún día se despertaría, estaba segura. Aquello era lo que llevaba años repitiendo a aquellos médicos que la miraban con una mezcla de lástima y admiración pintada en los ojos. Y ella sabía que tenía que seguir viniendo. Por Marc. Por ella. Por aquellos que le sonreían a veces con los ojos al verla cruzar de nuevo el pasillo en la misma dirección de siempre. Simplemente, tenía que hacerlo.
—Buenas noches. —susurró. Y lo besó con suavidad, como venía haciendo cada noche desde aquel día de febrero, sin esperar una respuesta.
PD: Y van 100 entradas ya. La que no iba a escribir ni 2 u.u'.
PD2: Creo que debería acostarme ya. Mañana tengo que estudiar quiera o no. Si no, voy a tener que inventarme tiempo durante la semana.
¡Saludos!
9 oct 2007
Letras cruzadas V: Damien
Creía saber lo que había ocurrido. Esperaba no tener razón, equivocarse de nuevo. Por una vez más no pasaba nada… y esta vez era importante. Además, no sería la primera vez que alguien lograba escapar. Había escuchado a su padre hablar de aquellos casos desde que tenía uso de razón. Todavía podía seguir vivo. Aún era posible.
Estúpido. Si había escuchado hablar de ello, era precisamente porque aquello no era lo más habitual. Lo había sabido siempre, y ahora no era distinto. Si hubiese logrado escapar, ya se habría puesto en contacto con él, de todos modos.
Pero… ¿y si era posible? Tenía que serlo. Quería que lo fuese, lo deseaba con todas sus fuerzas.
Y aún así, sabía que todas aquellas esperanzas estaban basadas en algo inexistente. Sam no era ningún atleta. Era un gran pintor, el mejor pintor que había conocido, pero eso no era una ayuda cuando se trataba de luchar por sobrevivir. Era un idiota, lo sabía. Pero tenía que alimentarse de aquellas esperanzas; si no, ni él mismo sabía lo que podía ocurrir.
Contuvo las lágrimas. Lo último que quería era mostrarle a su padre aquella debilidad, decirle que había ganado. No le daría aquella satisfacción.
Había escondido todo antes de que ellos vinieran a quitárselo. Sus pequeños tesoros, sus dibujos, sus ropas… incluso su olor. No estaba dispuesto a que le quitasen aquellos recuerdos. No tenían derecho, aunque creyesen tenerlo. Aquello le pertenecía, y no se lo daría sin más. Era solo suyo, de los dos, y de nadie más. Si ahora tenía que encargarse él solo de guardar aquellos recuerdos, no permitiría que se los llevasen. Nadie tenía derecho a llevarse los recuerdos de aquellos últimos besos…
Solo quedaba aquel dibujo, aquel retrato del que Sam se había sentido tan poco orgulloso, y que sin embargo Damien no podía abandonar. No podía esconderlo del todo. Necesitaba verlo de vez en cuando; acordarse de que alguna vez existió alguien que lo veía así, lleno de cierta pureza oculta a los ojos de los demás.
Sostuvo aquel retrato durante unos minutos más, con delicadeza, como quien guarda un frágil tesoro que teme romper. Siguió conteniendo las lágrimas; no quería que borrasen aquellos trazos, aquel recuerdo.
Pero lloraba por dentro. Lloraba una pérdida como no lo había hecho nunca antes. Y supo que aquellas lágrimas formarían un mar que jamás se secaría del todo, por muchos años que pasasen.
¡Saludos!
24 sept 2007
Letras cruzadas IV: Sam
¿Qué significaba aquello? ¿Es que acaso no había sido nada? ¿Es que lo habían vuelto a utilizar sin miramientos? Frustración. Rabia. Ira. Estaba cansado de que todo acabase siempre igual. Odiaba aquello. Odiaba a quienes siempre le hacían pasar por lo mismo.
Pero sobre todo, dolor. Esta vez había sido la peor de todas. Esta vez se había permitido dejarse llevar; entregarse sin reservas. Y había creído que, por una vez, alguien le entregaba su corazón a cambio. Y sin embargo, las cosas volvían a estar como tantas veces antes. Ignorado. Perdido. Solo. Solo sus recuerdos le decían que aquellos instantes habían existido en realidad. Pero los recuerdos no se podían tocar; uno no podía bucear en ellos y cambiar la palabra que tal vez hizo que él no volviese a buscarlo. Uno no podía entregarse a un recuerdo multiplicándolo por mil, sabiendo que sería el último, que más allá no quedaba camino.
Perfecto, ahora se sentía culpable.
Trató de cambiar el rumbo de sus pensamientos. Él no había hecho nada malo; lo había dado todo por aquel niño rico hambriento de sentimientos. Había dejado atrás muchas cosas; había renunciado a todo. Y solo por tenerlo a su lado. Había sido tan estúpido como para pensar que él se daría cuenta, que lo apreciaría. No, no había sido culpa suya. Si acaso, de lo único que podía culparse era de ser demasiado ingenuo. Pero sabía que aquello no había sido la causa de que ahora estuviese solo.
Jamás volvería a dejarse llevar. Jamás volvería a confiar a ciegas. Una y no más. Se acabó.
Fue en ese momento, justo cuando aquel pensamiento comenzaba a dejar un suave eco en su mente, cuando el coche paró a su lado. Lo subieron dentro. Miedo. Pánico. No sabía a dónde lo llevaban. Quería salir, pero no podía. Quería volver atrás, y al mismo tiempo, deseaba llegar a su destino.
Y entonces lo soltaron. Aturdido. Perdido. Tardó en darse cuenta de dónde estaba. Pero no estaba solo; alguien lo agarraba con fuerza.
Fue así cómo lo supo. Él no lo ignoraba. No lo había abandonado. Seguramente, ahora lloraría por él en un rincón. Quiso decirle que no se preocupase, que todo estaba bien. Ahora lo estaba. Pero supo que no podría.
Y la miró a los ojos. Miró a los ojos a aquella mujer de acero. Y en su mirada no había miedo, no había nada; solo armonía.
No, jamás volvería a dejarse llevar. Jamás volvería a confiar a ciegas. Jamás.
Porque sabía que iba a morir.
¡Saludos!
9 sept 2007
Letras cruzadas III: Eli
Cuando Eli abrió los ojos, la luz de la mañana comenzaba a iluminar el hueco vacío a su lado. En otro momento se habría preocupado, sintiendo que todas las alarmas se disparaban en su interior. Nunca había entendido por qué Andrew se empeñaba en permanecer a su lado cuando lo único que veía en sus ojos era su propio reflejo. Pero esta vez lo prefirió así. Ya se preocuparía de ello más tarde, si es que de verdad había decidido dejarla atrás y no se trataba de otro de sus caprichosos vagabundeos.
Así todo resultaría más fácil. No soportaba sentir la culpa agolpándose en su garganta mientras fingía una sonrisa. Y eso era precisamente lo que habría tenido que hacer si lo hubiese encontrado junto a ella al amanecer.
Lo había estado engañando durante todo aquel tiempo, diciéndole que aquello había quedado atrás. Pero no podía engañarse a sí misma, especialmente cuando no podía abandonar su cuerpo a voluntad. No, no estaba orgullosa de la parte de sí misma que trataba de ocultar entre las sombras de la amabilidad. No era tan fácil olvidar quién era.
Se vistió rápidamente, sin prestar atención a lo que hacía. No tenía ganas de fingir en ese momento. Estaba cansada.
De la misma forma recorrió las tres calles que separaban la pequeña habitación del lugar de sombras donde todo había comenzado; donde todo acabaría algún día. Estaba segura de que no seguiría siendo la serpiente escondida durante mucho tiempo. No, no quería seguir siendo dos personas a la vez.
Al llegar a la esquina se paró de golpe. Estaba segura de que era allí. Siempre era allí. Tal vez no fuese el mismo lugar, pero sin embargo, todo era idéntico. Era un lugar en ninguna parte; un sitio gris, sin luces, solo sombras. No había nada, nada a lo que el pobre desgraciado pudiese aferrarse antes de alejarse en silencio de las horas.
Esperó en silencio, viendo cómo pasaban lentamente los minutos vacíos. Era un tiempo pesado, cargante. Se sentía incómoda, aplastada por aquel momento. Tampoco ella encontraba algo a lo que aferrarse en aquel lugar sin nombre. Y aquello la aterraba.
Pero finalmente llegó. Lo lanzaron sin miramientos desde la puerta entreabierta de un coche, aturdido, totalmente perdido. Era aquella una figura sin rostro, sin un rasgo que lo hiciese diferente a los demás. Vacío. No importaba. Nunca lo hacía.
Sabía lo que debía hacer, pues al menos en eso se había convertido en experta. Un corte limpio, eso era todo. No era necesario pensar. No era necesario sentir. Un simple movimiento. Así todo acabaría en aquel lugar en medio del vacío. Nadie se preocuparía por buscar allí. Nadie lo hacía nunca.
Lo sujetó contra una caja de metal y se dispuso a acabar, a volver al calor de la pequeña habitación. Sintió el frío del acero al rozar sus dedos en un tonto descuido. Frío. Un solo movimiento, eso era todo. No era diferente a lo de siempre. Un corte y se acabó. Olvidaría a aquel hombre que nunca existió. Pero el silencio la atormentaba. Este no gritaba, un lloraba. No peguntaba. Sabía por qué estaba allí. Se lo decía el silencio vacío de sus ojos opacos. Estaban fijos en ella, sin atravesarla, sin mostrarle una salida a oscuros secretos. Aquella mirada la aprisionaba, la empujaba con fuerza hacia ella misma. La atrapaba contra su reflejo.
Y es que en aquellos ojos solo se veía a sí misma. Solo veía el miedo, la inseguridad. Solo veía aquello que nunca le mostraban los espejos. Y supo que aquello era lo que Andrew veía al mirarla, y entendió por qué no se había apartado de su lado; por qué nunca lo haría. No podía, eso era todo. Lo atrapaba su reflejo. Y al comprenderlo, gritó.
¡Saludos!
22 ago 2007
Letras cruzadas II: Andrew
Las calles aún estaban a oscuras cuando Andrew puso de nuevo los pies en aquella casa. Se había propuesto llegar ahí antes de que el sol desempañase todos aquellos recuerdos sobre la casa que se había esforzado tanto en mantener borrosos. Y aún así, tuvo que hacer un gran esfuerzo por seguir mirando al frente, sin bajar la mirada.
Habían pasado ya dos años desde lo de Darla. Habían pasado ya dos años sin que aquella mirada gris le exigiera explicaciones que no estaba dispuesto a dar. Sabía que ella había buscado los sueños que él no la ayudó a alcanzar en el mar que siempre había amado. Era irónico. O no, tal vez era simplemente lógico. Pero no se sentía culpable. Nunca había querido a aquella muchachita de ciudad que vivía en su pequeño mundo de fantasía. Y ella lo sabía. Sabía a qué atenerse cuando lo aceptó en su vida. Andrew sabía que ella había escrito aquel destino en las páginas de un libro en blanco mucho antes de conocerlo a él. Porque siempre había sido así.
Pero, de todos modos, la casa le recordaba a un tiempo que no quería recordar. Le traía de vuelta una imagen de sí mismo que habría preferido no tener que volver a ver. Todo había sido mucho más fácil entonces, mucho más cómodo. Había corrido a la ciudad por miles de inquietudes pasajeras sin preocuparse de nada. Tenía las espaldas cubiertas. Pero ahora las cosas habían cambiado; con Darla habían desaparecido tantas cosas que él había llegado a dar por hechas que simplemente la odiaba por haber desaparecido; por haberlo dejado tirado sin más que un simple reflejo del hombre que había sido.
Era egoísta, y lo sabía. Pero también era cierto que no le importaba, pues lo consideraba la parte más importante de sí mismo. Y había llegado a adorar a aquel ser que encontraba en el espejo cada mañana, sonriendo con tranquilidad.
Sorprendentemente, fue aquella misma sonrisa la que encontró al alzar la mirada hacia el amplio ventanal del salón aún a oscuras, cuando levantó los ojos del papel que había venido a buscar.
No era más que un triste relato, estúpido y sin más sentido que un par de palabras inconexas escritas por casualidad en una vieja servilleta… y sin embargo, con un significado más complejo del que muchos podrían adivinar.
Y es que, aquellas simples palabras eran capaces de recordarle que detrás de aquella máscara de vanidoso gesto que le saludaba desde el otro lado del cristal, había un niño asustado, que se sabía simple y perdido. Solo ahora volvía a verlo.
Eli tenía razón. No debería haber tardado tanto en darse cuenta de aquello. Había desperdiciado dos largos años olvidando quién era realmente. Y dos años eran mucho tiempo, ahora lo sabía.
Sí, a Eli le gustaría enterarse de que por fin había bajado de su dorado pedestal, que se había dado cuenta de que no era más que un simple mortal sin más idea de la vida que un niño pequeño.
Y sin embargo, a él lo asustaba.
¡Saludos!8 ago 2007
Letras cruzadas I: Darla
En fin, aquí os dejo por tanto el primero. No es gran cosa, pero algo es algo.
Había salido corriendo de aquella casa que la ahogaba, tratando de escapar de unas paredes que se echaban sobre ella. Al principio aquella vida había sido un reflejo de su inocente sueño infantil, rodeada de todas aquellas cosas que siempre había deseado. Pero a veces los sueños se tornan en pesadillas en un instante, convirtiendo en vanas ilusiones aquello que antes había sido tan real.
Así había ocurrido con ella; de la noche a la mañana se había dado cuenta de que no le quedaba un solo sueño al que dirigir sus pasos.
Había querido gritar, sollozar amargamente buscando el consuelo de aquellos brazos que habían sido su salvación en otros momentos. Pero estaba sola; sola en el vacío de aquella enorme casa, rodeada por un silencio que le impedía respirar. Y sintió que debía salir de aquel lugar maldito, que debía buscar su paraíso más allá de aquellos muros, más allá del salado océano que se extendía ante sus ojos.
Sonrió entre lágrimas heladas al contacto del viento invernal, pues sabía que por fin había vuelto a encontrar su sueño, su preciado espacio.
Apenas sentía el frío viento que la golpeaba con sus pequeñas garras. Apenas sentía los afilados guijarros que herían sus pies descalzos en su carrera. Apenas era consciente de su propia existencia, pues solo su sueño se extendía ante ella, adoptando la forma del vasto mar.
Sonreía cuando los dedos de sus pies rozaron la superficie de las aguas, cuando las suaves olas la rodearon amistosas, llamándola a sus juegos. Ella quería cogerlas de la mano, acompañarlas al lugar de sus juegos infantiles, a su pequeño paraíso soñado. Ellas la arrastraban como niños impacientes, acogiéndola con sus suaves cantos.
Pronto se vio sumergida en sus juegos, correspondiendo con miradas complacientes a sus traviesos movimientos.
Y de pronto, tan solo la calma la rodeó. Aquellos impacientes chiquillos trataban de conducirla a su hogar, de mostrarle aquel mundo que ella siempre había querido conocer. Sabía que pronto acabaría todo, pero por una vez se sintió en paz.
Sintió que abandonaba su cuerpo, que era libre, por fin, de moverse a sus anchas, de descubrir los secretos que habían permanecido ocultos durante tanto tiempo, lejos de su alcance. Ahora era capaz de saber todo aquello a lo que siempre había permanecido ciega. Todo un mundo se abría ante ella, y sentía curiosidad, la imperiosa necesidad de explorarlo. Todo miedo había desaparecido.
¡Saludos!Blog Archive
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