24 mar. 2008

La muerte de la lucecita azul

La muñequita de cabellos dorados miraba a su alrededor sin creer lo que sucedía. Hacía tiempo que todos habían empezado a dejar de hablar. Primero había sido el perro del pañuelo rojo, que antes saltaba como un loco en cuanto la luz de la luna hacía su aparición estelar. Después, apenas unos días más tarde, el pato color canela había enmudecido. A él le siguieron varios osos de colores claros y pelo sedoso. Y, poco a poco, el pequeño sofá donde vivían felices fue convirtiéndose en un lugar silencioso, sin vida. Los que aún no se habían convertido en pequeñas estatuas (ni siquiera eso, pues la muñequita de cabellos dorados había tenido interesantes conversaciones sobre el sentido de la vida con la estatua de un gran pájaro, cuando aún la dejaban salir a tomar el té), tenían miedo de abrir la boca. Tenían miedo de que el hechizo se acabase y no volvieran a ser capaces de pronunciar una sola palabra más. Poco a poco, el polvo los había ido cubriendo también. Un polvo aburrido y que no hablaba, que no les contaba secretos de un mundo lejano.
Las hadas habían dejado de traerles noticias. De hecho, hacía mucho que no sabían qué había ocurrido con ellas. Un día, la lucecita azul que producían, y que iluminaba la habitación oscura y tranquila desde el rincón en el que se encontraba su pequeño refugio, había dejado de brillar. Fue entonces cuando todo el mundo empezó a callar. La muñequita de cabellos dorados se había dado cuenta ahora. ¿Dónde estaban las hadas? ¿Por qué los habrían abandonado?
Intentó abrir la boca para explicárselo a la juguetona gata blanca que tenía a su lado. Pero no pudo. Lo intentó y lo intentó, pero sus labios se negaban a moverse. Ella tampoco podía hablar. Un fuerte dolor la recorrió cuando fue consciente de que ella misma se había convertido en una sombra de lo que antes era. Y una lágrima solitaria (posiblemente la última) recorrió una blanca mejilla de porcelana.
¿Cuándo volverían las hadas?


...Y todo eso para explicar que la lucecita azul de mi aparato de música ha muerto. Supongo que caería en la batalla con la tormenta del otro día, que, por cierto, me mantuvo en pie desde bien tempranito.
Me gustaba esa luz. De hecho, no solo eso, sino que hasta era bastante útil. Ahora tengo que tener un post-it en la puerta para acordarme de apagar el aparato de música cuando salgo por las mañanas de casa (antes se acababa la música y se quedaba la luz... ahora ya no hay lucecita para avisarme de que no he apagado el dichoso monstruito antes xD)...

En fin, a ver si vuelven las hadas. Si no, no será solo Darla, la adorable muñequita de cabellos dorados de mi Ejército Infernal, la que las eche de menos.

PD: Qué mal sientan las clases después de una semanita (muy corta) de vacaciones...

¡Saludos!

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