11 mar. 2008

Letras Cruzadas XII: Charlie

Siguiente relatillo de Letras Cruzadas. Este lo escribí hace bastante tiempo, y, aunque la idea me parece muy buena, no me convence el resultado. Me da la sensación de que últimamente todo lo que escribo es demasiado... frío, diría. No exactamente, pero más o menos.
Y aún así, he estado escribiendo bastante. Nada de Letras Cruzadas, eso sí, que solo me queda uno más (y veré si lo cambió, porque ese sí que está para echarse a llorar u.u'), porque he estado liada con otras cosas. Ahora, sin certámenes, ni Retos (bueno, supongo que Reto ya mismo, pero es distinto XD), ni nada parecido a la vista, supongo que me pondré un poco las pilas.

En fin... Aquí dejo la... cosa...

Movía un pie. Después el otro. Quince pasos al frente. Tres más a la derecha. Y ahí estaba la puerta del comedor, abierta, como siempre. No le hacía falta ver para saber que no encontraría obstáculos en su camino. Era una regla de la casa que todos aceptaban al entrar: nada de objetos en el suelo; ninguna cosa cambiada de sitio.

Así, Charlie podía saber dónde estaba todo. Podía saber si la radio estaba a la derecha o a la izquierda. Estaba orgulloso. Tenía cuatro años y ya sabía cuál era la derecha. Sus primos aún no sabían distinguirla de la izquierda. ¿Cómo se las apañarían? La derecha era la mano de la pulsera, recordó. Solamente habían cambiado de nombre, pero seguían siendo las mismas. Solo que ahora llevaban los nombres que les daban los mayores.

Desde la entrada del comedor, escuchaba la voz de su madre en el teléfono. Siempre hablaba a aquella hora. Vendía cosas por teléfono. Se lo había dicho su tía Lily, y a él le parecía una profesión fascinante. Él también lo haría cuando fuese mayor. Era fácil y divertido, y seguro que a él se le daba estupendamente. «Tenemos en varios colores». Silencio. «Azul, verde, rojo… Como usted quiera». Silencio. «No se preocupe». Silencio. «De acuerdo, entonces. Pase usted un buen día». Suspiro. Un sorbito al vaso que había sobre la mesa, casi (pero solo casi) silencioso. Y entonces volvía a marcar.

Él lo haría, sí. Vendería cosas azules, y verdes, y rojas. Cuando lo decía, sus primos se reían. Decían que él no podría distinguirlas, que se haría un lío. ¿Cómo iba a vender algo que no sabía lo que era? No sabían nada. Pobres tontitos. Su madre le había dicho que la planta de la ventana era verde. La había tocado. La había escuchado. La había olido. El verde era humedad. Era un silencio que olía a lluvia. Le gustaban las cosas verdes. Vendería muchas de esas. Eran muy bonitas.

El rojo era distinto. Una vez, cuando su madre aún tenía que salir todos los días a vender cosas azules, y verdes, y rojas, se quedó solo con la tía Lily. Estaban escuchando la radio. Bomba. Loco. Catástrofe. Había escuchado aquellas palabras antes, pero en su cabecita formaban una nube sin sentido en la que se reunían con otras mil palabras. Oía a la tía Lily mordiéndose las uñas, nerviosa. Entonces sonó el teléfono y su tía lo cogió corriendo. Un suspiro. «Menos mal, ya pensaba que dejabas aquí a tu pequeño cieguito». Después, la tía Lily se había quedado más tranquila, pero siguieron escuchando la radio hasta muy tarde. El locutor tenía que hacerse oir entre los gritos y lloros de la gente. Muchos heridos, decía. La tía Lily había subido el volumen, como si se tratase de una de esas radionovelas que tanto le gustaban. Decían que un señor, al parecer con un jersey rojo, había hecho daño a muchos otros señores. Desde entonces, el color rojo se había convertido en gritos y lloros. Había sido dolor y la tía Lily mordiéndose las uñas. El color rojo era feo, hacía daño; sonaba peligroso y daba miedo. ¿Por qué vendía su madre cosas rojas?

Las cosas azules, en cambio, le gustaban, aunque menos que las verdes. Un invierno, su madre lo había llevado al mar. Habían ido los dos solos, él en los brazos de ella. Se habían quedado de pie junto a la orilla. Hacía frío, y las gotitas de agua les salpicaban traviesas en la cara. Su madre le había dicho que en invierno, cuando hacía frío, el mar se enfadaba y escupía a los que se paraban a su lado. Pero era bueno, decía. Solo que a veces era un poco gruñón. Era bonito. Y olía a sal. Por eso, las cosas azules eran saladas y frías, y sonaban a olas lejanas. A su madre le gustaba. Vendería cosas azules a todas las madres del mundo. Las cosas verdes eran para los niños como él, pero el azul era para su madre.

Escuchó el sonido de un teléfono que se colgaba. Dio un paso a la izquierda y ocho al frente. Abrió un armario. Sacó un bote. Estaba lleno. Pesaba. Siempre estaba lleno, pero no importaba. Lo abrió y lo vació ahí mismo. Se lo puso en el oído. Sonaba a mar.

Se lo escondió debajo del jersey y corrió de nuevo a donde estaba su madre.

Amanda se volvió al oírle.
—¿Qué quieres, cielo?
—Tengo un regalo para ti.
Sacó el bote y se lo dio a su madre. Amanda lo cogió en silencio, sorprendida. ¿Cómo lo había encontrado esta vez? Cada día guardaba el bote en un sitio diferente. Cada día lo sacaba a la hora de la comida y lo volvía a guardar. Y cada día, Charlie se lo traía con esa sonrisa tan suya.
—¿Y por qué me lo regalas?
—Te gustan las cosas azules.

Amanda sonrió. Dejó con suavidad el botecito en la mesa y cogió a su hijo en brazos.
Desde la mesa del teléfono, el bote, rojo como la sangre, la miraba con complicidad.


¡Saludos!

2 comentarios:

Ayashi dijo...

Buaaaaaaahh, qué relato más boniiiiitooo T____T ¡Me ha gustado mucho! Pobrecito nene cieguito T__T Él tan feliz en sus mundos de yuppie xD De verdad, muy bonito el relato ^^

Kera Arena dijo...

Graciasss!!

Hombre, este relatillo me costó quizá un poco más que lo normal, porque lo de intentar escribir algo así como los pensamientos de un niño... buah, me cuesta.

¡Saludos!