8 nov. 2007

Letras cruzadas VII: Dylan

Escrito hace varios millones de siglos, pero abandonado encima de la mesa por el problema de siempre, aquí está el siguiente de mis pequeños relatillos. Esta vez os presento a mi favorito entre todos mis personajes. Cuando lo lean, algunos (solo los que mejor me conocen, tal vez) sabrán por qué ^o^.

El día que empezó a trabajar en el hospital, le dijeron que vería momentos sorprendentes; que sería testigo de momentos alegres o tristes, pero sobre todo reales, que no habría sido capaz de imaginar antes. Se habían quedado cortos, o tal vez simplemente no les había entendido bien, pronto se dio cuenta.

Cada día veía una historia diferente, o tal vez la misma con un color algo distinto. Veía decenas de historias, una misma multiplicada y retorcida, cambiada… vista cada vez a través de un cristal diferente. Cada persona era alguien, era un pequeño personaje en algo grande… en algo pequeño. Detrás de cada rostro, y en cada mirada, podía ver el reflejo de una historia que lo absorbía y empujaba hacia sí mismo mientras se sentía caer hacia fuera.

Desde aquel día en el que se había metido por primera vez en su papel de enfermero, aquellas pequeñas tragicomedias (porque eso es lo que eran, ya que no todo en ellas era trágico, como aquellos que tienen miedo suelen imaginar) se habían convertido en sus compañeras de rutina. Se habían convertido en el ronroneo de esa mascota que lo animaba al empezar el día. Estaban ahí, siendo algo y no siendo nada al mismo tiempo. Estaban ahí, detrás de una cortina, dejando que sus sombras le diesen sentido a sus pasos. Se habían convertido en su vida, pues lo habían absorbido y ahora él mismo existía como observador de todas ellas. Eso era. Observaba. Eso era lo que hacía. Dylan el observador. Ahora lo era más que nunca. Observaba a los protagonistas de esas historias, al cruzarse con ellos en los pasillos, al dedicarles una mirada de ánimo o querer compartir una alegría con ellos. A veces, cuando tenía suerte, le miraban directamente, tal vez solo un instante, y toda una historia fluía hacia él, nítida y completa, a través de un río de luces recogido en pupilas oscuras.

Él nunca había sido una persona extraordinaria. Se había criado como un niño corriente que creció en un barrio corriente. Se había convertido después en un joven tan normal que lograba pasar desapercibido en un mundo que poco a poco lo iba superando. Era él una de esas personas que al acabar el día nunca tenían demasiado que decir; las conversaciones forzadas habían sido sus grandes compañeras durante años, y como buen acompañante, se había ido acostumbrando a ellas.

No, él no era como aquellas personas que ahora veía a diario, sin necesidad de abrir un libro o apretar un botón. Disfrutaba sumergiéndose en sus historias, en su día a día. Pero no era como ellos. Nunca lo sería, pero eso era algo que ya había aceptado. Y sin embargo, eran ellas las que le daban algún sentido a su continuo deambular. Le daban esperanza. Le daban razones. Le enseñaban a soñar de nuevo.

Por ejemplo, aquella chica que llevaba años visitando la misma habitación. Jamás había visto desaparecer esa luz de su mirada, ese pequeño destello que le hablaba con complicidad, que le decía que la desesperanza no tenía lugar en un corazón tan completo. Solo había que esperar, tal vez un día, tal vez más. Pero llegaría el momento en que todo volvería a su lugar, si es que alguna vez lo tuvo. Lo sabía ella, y ahora lo sabía también él.

O aquel anciano de ojos casi velados que disfrutaba contando historias de su juventud a todo aquel que se parase a escuchar. Era extraño ver cómo un anciano encogido era capaz de crecer, de recuperar la juventud y volar de nuevo, con la fuerza que le daban esas palabras temblorosas. Muchos lo miraban con hilos de lástima entrelazados con los de la supuesta razón de los irracionales. Estaban ciegos, porque no veían. Sonaba estúpido, pero a Dylan le había costado darse cuenta.

No, el joven enfermero no era como ellos. Nunca lo había sido, y estaba seguro de que nunca lo sería. ¿Qué historia podían contar sus tímidas sonrisas? ¿Qué pequeño cuento encontraba su morada en el corazón de un chico como él? Antes, aquello lo había desanimado. Ahora, las cosas eran diferentes. Tal vez no pudiese tener su pequeño cuento, su relato de final desconocido… Pero ya no le importaba. Ahora era el solitario espectador de otras mil historias, y eso era suficiente.


PD: ¡Valle-Inclán!

¡Saludos!

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