12 abr. 2013

How far would you go?

A lo largo de estos últimos días he estado viendo The Booth at the End, una serie que por un motivo o por otro tenía desde hacía bastante tiempo acumulando polvo esperando que encontrara el momento adecuado para verla. Bueno, no, por un motivo o por otro no, es que siempre había alguien que me insistía (mucho) en alguna otra serie de veinte minutos y acababa ocupando su lugar por pesados. Y, como nadie me insistía excesivamente en esta, se iba quedando abandonada. El caso es que recuerdo que hace bastante tiempo alguien la recomendó, y luego no recuerdo apenas haberle oído a nadie hablar de ella, así que la pobre siguió esperando su turno. Y la cosa es que encima es una serie que ya desde la primera vez que me hablaron de ella me llamó la atención y supe que probablemente me iba a gustar. Y así ha sido.

Para que os hagáis una idea sobre el argumento de la serie, en cada episodio (que dura veinte minutos, de ahí que otras series de veinte minutos fueran malvadas y le fueran quitando el puesto en mi lista de series que voy viendo a mi ritmo) asistimos a las conversaciones de un puñado de personajes con un extraño misterioso que se sienta al fondo en el típico "diner" americano (de ahí el título de la serie, obviamente). ¿Que de qué van esas conversaciones? Pues básicamente cada uno de los personajes le va explicando los avances que va realizando respecto a una tarea que el extraño les ha encargado. Una tarea que, si deciden cumplirla, les asegura que obtendrán el deseo que ellos previamente han hecho.

En realidad la serie entera se desarrolla en torno a estas conversaciones, en un solo escenario. Y a través de ellas vamos descubriendo, por supuesto, los miedos de cada personaje, ligados casi siempre (o siempre) irremediablemente a aquello que quieren conseguir. Pero también vamos conociendo más de sus motivaciones y, sobre todo, vamos viendo hasta dónde son capaces de llegar para conseguir aquello que más quieren.

Porque lo que piden es algo que necesitan tanto que no pueden dejarlo a merced de la casualidad. Y es que nadie les dice que el cumplir ellos esa tarea que les encarga (y que nadie les obliga a cumplir, sino que deben cumplir ellos por voluntad propia) sea la única manera de conseguir lo que quieren. Al contrario, todo puede ocurrir por muchos motivos. Pero este método es el único que les proporciona una seguridad que en su desesperación necesitan casi más que respirar.

Por eso es la mejor manera de descubrir sus límites, esos límites que en una situación normal ellos probablemente nunca habrían cruzado, pero que tienen que replantearse una vez se enfrentan a la posibilidad de no poder conseguir lo que más desean, lo que creen con todas sus fuerzas que necesitan. Claro que replantearse esos límites nunca es fácil, y por eso vemos a todos estos personajes luchar consigo mismos para aceptar esos límites hasta los que, para su propia sorpresa, muchas veces son capaces de llegar.

Pero también puede ocurrir que en muchas ocasiones los personajes vayan cambiando ante nuestros ojos. Lo que hacen, lo que se plantean, la gente que se va cruzando en su camino, todo puede hacer que sus prioridades cambien, que ellos cambien. Y puede ocurrir que aquello que tanto deseaban deje de ser aquello por lo que cruzarían tantas líneas. O puede que siga siéndolo, pero sean conscientes de ello de otra manera. O puede que lo consigan y, sin trucos ni engaños, no les haga sentirse como ellos esperaban.

En conjunto, The Booth at the End me ofrece básicamente algunas de las cosas que más valoro cuando veo una serie. Me ofrece personajes, me ofrece sus motivaciones y sus miedos. Y por eso la verdad es que ambas temporadas me han gustado bastante. Lo que no quiere decir que me parezca que ambas están al mismo nivel. De hecho, creo que se produce un salto de calidad bastante importante entre la primera y la segunda temporada. Los personajes de la segunda temporada (uno de ellos, por cierto, interpretado por mi querido Noel Fisher, al que ya alabé bastante en la entrada que escribí el otro día sobre Shameless, pero que nunca está de más mencionarlo) están mejor construidos, y sus tramas y problemas son más interesantes y, sobre todo, están mejor relacionados. Pero además la serie sabe añadir un punto de misterio (a través del personaje de Doris) que aporta a la serie un toque bastante interesante. Y hace que una serie que ya de entrada merecía la pena, la merezca aún más.

¡Saludos!

PD: Ya sé que hablo mucho sobre Southland, y que algunos estaréis ya hartos de escucharme (o leerme) decir maravillas sobre ella, pero es que todo lo que diga es poco. Semana a semana nos ofrece episodios estupendos y personajes aún mejores. Y luego encima nos llega con episodios como el de esta semana y directamente no puedo hacer otra cosa que ponerme a sus pies. Duro, impactante y, sobre todo, capaz de dejarte sin palabras y con ciertas escenas grabadas a fuego en tu mente durante muchísimo tiempo. Poquísimas series han conseguido a través de ciertos episodios tener un efecto tan fuerte en mí como el que ha tenido este episodio de Southland. Y entre esas poquísimas series entrarían grandes como The Wire o In Treatment. Series grandes entre las que no tengo ninguna duda de que Southland se ha ganado ya su lugar.
PD2: Y ayer fue día de capitulazos, porque el de The Americans (sobre la que debería hablar un día de estos) también fue especialmente maravilloso. Estoy encantada con el camino que ha tomado la serie. Y, sobre todo, estoy encantada con lo que están haciendo con el desarrollo de sus personajes y con las relaciones y la dinámica entre ellos.