9 oct. 2007

Letras cruzadas V: Damien

Dejo el siguiente relatillo, que al final se me están acumulando y todo O.o (es que las clases de alemán es lo que tienen, que me sobra tiempo por todas partes). Este en concreto no me gusta demasiado. Quería desarrollarlo de otra forma, pero bueno.

Creía saber lo que había ocurrido. Esperaba no tener razón, equivocarse de nuevo. Por una vez más no pasaba nada… y esta vez era importante. Además, no sería la primera vez que alguien lograba escapar. Había escuchado a su padre hablar de aquellos casos desde que tenía uso de razón. Todavía podía seguir vivo. Aún era posible.

Estúpido. Si había escuchado hablar de ello, era precisamente porque aquello no era lo más habitual. Lo había sabido siempre, y ahora no era distinto. Si hubiese logrado escapar, ya se habría puesto en contacto con él, de todos modos.

Pero… ¿y si era posible? Tenía que serlo. Quería que lo fuese, lo deseaba con todas sus fuerzas.

Y aún así, sabía que todas aquellas esperanzas estaban basadas en algo inexistente. Sam no era ningún atleta. Era un gran pintor, el mejor pintor que había conocido, pero eso no era una ayuda cuando se trataba de luchar por sobrevivir. Era un idiota, lo sabía. Pero tenía que alimentarse de aquellas esperanzas; si no, ni él mismo sabía lo que podía ocurrir.

Contuvo las lágrimas. Lo último que quería era mostrarle a su padre aquella debilidad, decirle que había ganado. No le daría aquella satisfacción.

Había escondido todo antes de que ellos vinieran a quitárselo. Sus pequeños tesoros, sus dibujos, sus ropas… incluso su olor. No estaba dispuesto a que le quitasen aquellos recuerdos. No tenían derecho, aunque creyesen tenerlo. Aquello le pertenecía, y no se lo daría sin más. Era solo suyo, de los dos, y de nadie más. Si ahora tenía que encargarse él solo de guardar aquellos recuerdos, no permitiría que se los llevasen. Nadie tenía derecho a llevarse los recuerdos de aquellos últimos besos…

Solo quedaba aquel dibujo, aquel retrato del que Sam se había sentido tan poco orgulloso, y que sin embargo Damien no podía abandonar. No podía esconderlo del todo. Necesitaba verlo de vez en cuando; acordarse de que alguna vez existió alguien que lo veía así, lleno de cierta pureza oculta a los ojos de los demás.

Sostuvo aquel retrato durante unos minutos más, con delicadeza, como quien guarda un frágil tesoro que teme romper. Siguió conteniendo las lágrimas; no quería que borrasen aquellos trazos, aquel recuerdo.

Pero lloraba por dentro. Lloraba una pérdida como no lo había hecho nunca antes. Y supo que aquellas lágrimas formarían un mar que jamás se secaría del todo, por muchos años que pasasen.


¡Saludos!

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